jueves, 6 de enero de 2011

El Cid falsificado XVII: la batalla de Cuarte (1)

La batalla de Cuarte es la mayor victoria que consiguió el Cid en toda su trayectoria guerrera, y la primera derrota del Imperio almorávide en la península ibérica. Y el éxito fue obtenido con un ejército inferior en número y gracias a una extraordinaria estrategia. Por ello vamos a detenernos en el relato de los antecedentes de este episodio.

Desde el momento en que el poderoso Yusuf ibn Tasufín tuvo noticia de que había caído Valencia, comenzó a poner los medios para recuperarla. Además, el Campeador había sometido en estos meses a la provincia de Denia a continuas correrías, y los denienses habían elevado su queja al emir, según transmite un testigo de los hechos, Ibn al-Farach (testimonio que había sido atribuido tradicionalmente a Ibn Alqama), alguacil o ministro de Hacienda del antiguo rey de Valencia Al-Qadir y posteriormente del Cid desde su protectorado de 1089-1091 por todo el Levante.

Ibn Tasufín, por consiguiente, dio orden de reclutar en Ceuta alrededor de 4000 jinetes de caballería ligera y hasta 6000 peones, tropas que puso al mando de su sobrino Abú Abdalá Muhamad ibn Ibrahim, con el objetivo de reconquistar la ciudad del wadi al-biad. Entre estas se contaba la férrea guardia imperial, cuyo núcleo estaba constituido por esclavos subsaharianos que, tras un disciplinado adiestramiento, se convertían en fuerzas de élite que se disponían en compañías especializadas, como las de arqueros. Por estas fechas, además, el ejército almorávide ya había incorporado avances en tecnología bélica que procedían de los andalusíes, que a su vez habían mimetizado varias de las tácticas cristianas, como el empleo de caballería pesada o el uso de maquinaria de asalto para conquistar ciudades fortificadas. Algunos cientos de caballeros andalusíes fuertemente pertrechados y ballesteros completaban las fuerzas movilizadas por el Imperio africano.

Entre el 16 y el 18 de agosto de 1094 la hueste almorávide desembarca en la península cruzando el estrecho mediante varios viajes de ida y vuelta en los pocos barcos con que contaba un ejército aún no habituado a utilizar fuerzas navales. Hacia el 23 de agosto llegan a Granada, donde se les suma la guarnición del gobernador Alí ibn Alhach, compuesta por su guardia personal y por el contingente andalusí de la antigua taifa zirí. Conforme avanzaba la tropa, se les fueron sumando otros caballeros de las taifas de Lérida (unos 300 al mando del gobernador Ibn Abil Hachach Asanyati), Albarracín (cien caballeros a las órdenes de su señor, el venerable Abdelmalik ibn Hudayl ibn Razín, rey de esta taifa de 1045 a 1103) y posiblemente también las de los minúsculos señoríos que se habían formado en la zona levantina tras las constantes luchas de poder y periodos de reyes débiles que habían sido la tónica en los años precedentes: Segorbe (gobernado por Ibn Yasín) y Jérica (por Ibn Yamlul), que aportarían algunas decenas más de jinetes. Más que por su número, los refuerzos de estas taifas aportaban el conocimiento del terreno, de las específicidades de la guerra de asedios y de las tácticas cristianas. Su presencia, por fin, hacía visible el sometimiento que estas pequeñas taifas sufrían de facto ante el poder morabito.

El 15 de septiembre el ejército de Muhammad acampa entre Cuarte de Poblet y Mislata, a 3 o 4 kilómetros de Valencia. Pero en esas fechas comenzó el mes sagrado de Ramadán, por lo que iniciaron un periodo de ayuno durante el cual la pasividad y las dificultades logísticas provocaron las primeras deserciones, que impidieron cercar el sur y suroeste de la capital.

Rodrigo, por su parte, emprende las ingratas medidas destinadas a la defensa de la ciudad. En primer lugar hace expulsar a mujeres e hijos de musulmanes para disminuir la cantidad de bocas que alimentar, manteniendo solo a la población útil para el combate o con voluntad decidida de colaborar en la resistencia. Por otro lado, difundió varias noticias que tenían por objeto desmoralizar a posibles enemigos internos. Amenazó con ejecutar a los musulmanes valencianos si el sitio se completaba, aterrorizando así a los posibles quintacolumnistas; pronosticó su victoria mediante la ornitomancia e hizo correr la noticia de que venían en su auxilio tanto Pedro I de Aragón como Alfonso VI de León y de Castilla. De los dos, solo el segundo acudía al rescate, pero el solo rumor de su llegada sembraba de inseguridad el ejército sitiador. Con ello lograba el doble objetivo de minar los ánimos del enemigo y reforzar la moral de combate de sus hombres, constantemente animados, por demás, con las enardecedoras arengas del Campeador.

Aún más, Rodrigo fue en todo momento un ejemplo de serenidad ante la contemplación del extenso campamento hostil, hecho que recogen tanto las fuentes cristianas como las árabes que, en este punto, se reflejan en el Cantar de mio Cid cuando, habiendo llegado su mujer e hijas a Valencia, el Cid Campeador hace gala de un humor optimista:

Su mugier e sus fijas subiolas al alcácer,
alçavan los ojos, tiendas vieron fincar:
—¿Qué's esto, Cid, sí el Criador vos salve?—
—¡Ya mugier ondrada, non ayades pesar!
Riqueza es que nos acrece maravillosa e grand;
á poco que viniestes, presend vos quieren dar,
por casar son vuestras fijas, adúzenvos axuvar.

A su mujer y sus hijas al alcázar subió
alzaban los ojos, tiendas vieron plantar
—¿Qué es esto, Cid, así os salve el Criador?
—¡Ay mujer honrada, no tengáis pesar!
Nuestra riqueza se acrecienta maravillosa y grande;
hace poco que vinisteis, un presente os quieren dar,
por casar están vuestras hijas, os traen el ajuar.

Cantar de mio Cid, ed. de Alberto Montaner Frutos, versos 1644-1650.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El Cid falsificado XVI: Príncipe de Valencia

Conquistada la ciudad, El Cid asume su señorío bajo el título de príncipe de Valencia, por lo que desde el 17 de junio de 1094 hasta la reconquista musulmana de mayo de 1102, cuando Jimena, la esposa del Campeador, abandona la urbe a instancias de Alfonso VI, el territorio cristiano tendrá estatus de principado.

Nada más tomar posesión el Cid reunió a los principales de la ciudad en el arrabal de Villanueva, donde el antiguo palacio real de Abd al-Aziz le servía de residencia, y proclamó las primeras medidas de gobierno. Se comprometía a devolver a sus dueños las tierras del alfoz, a suprimir todo impuesto ajeno al Corán y respetar los usos y costumbres islámicas, bajo los cuales impartiría justicia entre los mahometanos. Prometía, asimismo, devolver los bienes incautados por el ex gobernador Ibn Yahhaf a sus propietarios legítimos, suprimir el comercio de esclavos y designar almojarife (ministro de hacienda) a su fiel Ibn Abduz, un musulmán.

Estas medidas suponían que El Cid gobernaría el principado valenciano como un estado multicultural, donde la mayoría islámica mantendría sus leyes y costumbres. Sin embargo, la conversión de la mezquita aljama en catedral indica que el principado pasaba identificarse con una conquista cristiana, y en este sentido incide la documentación de donación a la catedral, donde el obispo Jerónimo de Perigord expresa inequívocamente el afán de cruzada que movía por entonces las conciencias del clero francés.

Inmediatamente el Cid exigió a Ibn Yahhaf, el ya destituido cadí, la entrega del tesoro real de Al-Qádir íntegro, pero el antiguo gobernador alegó que ya no lo conservaba. Rodrigo Díaz, desconfiando, le advirtió de que de encontrarlo, aunque fuera solo en parte, se reservaba la opción de castigarle con la pena de muerte. Pronto el Cid hizo saber a los magnates de la ciudad, a través de su almojarife, que deseaba capturar a Ibn Yahhaf. Los notables valencianos se conjuraron para apresar al ex alcaide y llevarlo a poder del Campeador. Más tarde Ibn Yahhaf es conducido a Cebolla (Yubaila), donde fue torturado para obtener información sobre el paradero del tesoro regio, con nulos resultados. Vista la firmeza del reo, se le mandó escribir una relación de todos sus bienes con aviso de que si se le encontraba algún bien no declarado o que se demostrara perteneciente al tesoro real, sería ajusticiado. Se ordenaron registros a aquellos que habían formado parte del círculo de confianza del ex gobernador, ante lo cual no tardarían en aparecer grandes cantidades de joyas cuya custodia había sido ordenada por Ibn Yahhaf bajo la promesa de repartirlas si la guarda resultaba eficiente.

Para Rodrigo los hechos eran flagrantes. Solo quedaba preguntar a Al-Waqasí, poeta y alfaquí a quien el castellano había nombrado caíd de Valencia por consejo de los notables mahometanos de la ciudad, qué pena debía recibir según la saría el perjuro regicida, a lo que el sabio caíd (que moriría dos años más tarde el 23 de junio de 1096) respondió que la lapidación. Fuera apedreado o quemado en la hoguera (como relata Ibn Alqama), el caso es que El Cid dispuso ejecutar a quien había gobernado la ciudad en los años previos a su conquista.

domingo, 31 de octubre de 2010

El Cid falsificado XV: la conquista de Valencia (3)

A fines de agosto de 1093 un suceso imprevisto vino a truncar al Cid el plan de asedio de Valencia, pues el veterano rey taifa de Albarracín Abdel Malik vio la oportunidad de buscar una alianza con Sancho Ramírez y su hijo, el futuro Pedro I de Aragón, por la que a cambio de cierto dinero y una fortaleza en Levante, le proponía hacerse con Valencia pescando en el río revuelto. Pero Rodrigo se enteró de estos planes y, recogida la cosecha de Alcira, se dispuso a castigar al señor de Albarracín comenzando por la localidad de Fuente Llana y lanzando sus algaras por toda esta tierra, apoderándose de cosechas, ganado y prisioneros. Sin embargo, en una escaramuza en la que Rodrigo cabalgaba solo con unos cuantos hombres de escolta, fue atacado por doce jinetes de Ibn Razín y estuvo a punto de perder la vida tras sufrir una grave herida en el cuello, de la que tardó en recuperarse tres meses.

A últimos de noviembre de 1093 el Campeador, ya sano, regresa a sus posiciones de asalto a Valencia. Entonces llegan noticias de que un ejército almorávide al mando de Abu Bakr ibn Ibrahim al-Lamtuni, pariente de Yusuf ibn Tasufín, se dirige al rescate de la capital levantina. La población proalmorávide de esta ciudad recobra la moral y espera ansiosamente la liberación por parte del ejército norteafricano.

El Cid decide tomar La Rayosa, Rusafa y Mestalla, arrabales situados al sur de la ciudad, y se dispone allí a interceptar el avance de Abu Bakr. Preparando el terreno, ordena inundar todas las huertas y tierras situadas entre sus posiciones y las del adalid almorávide, que había llegado hasta Almusafes, a unos veinte kilómetros de Valencia. Pero una parte de la población de la ciudad no está dispuesta a colaborar con el ejército de Abu Bakr, empezando por Ibn Yahhaf, que debido al pacto que tiene establecido con el Cid, mueve los hilos para impedir a toda costa que los almorávides puedan llegar a hacerse con Valencia. En todo caso, al llegar a Almusafes, Abu Bakr descubre que no va a poder contar con la colaboración de la población musulmana sobre el terreno, que en gran medida agradece la labor de protección que en esas tierras ha desarrollado desde 1091 Rodrigo Díaz.

La noche de la víspera de la batalla se da una circunstancia casual que acaba de redondear la estrategia del Campeador, pues se precipita una tormenta pavorosa que deja los caminos maltrechos y dificulta enormemente atacar las posiciones de la hueste cidiana. El campamento almorávide comprende que el abastecimiento va a ser imposible y que es vano esperar a que el estado del terreno permita maniobrar, con lo que Abu Bakr se retira esperando quizá una mejor oportunidad.

A fines de 1093 o comienzos de 1094 el Cid ha logrado neutralizar la amenaza de socorro almorávide. Solo es cuestión de apretar el cerco y esperar la rendición de Valencia.

En el interior de la urbe las disensiones entre procidianos y proalmorávides se intensifican. Liderados por el magnate Ibn Walid, la facción almorávide derroca al gobernador Ibn Yahhaf en febrero o marzo, pero un nuevo giro político le devuelve el poder poco tiempo después.

Los víveres escasean, lo poco que se puede comprar en la ciudad alcanza unos precios desorbitados. En verano quedan solo cuatro monturas en Valencia, de las que un caballo y un mulo pertenecen a Ibn Yahhaf. Muchos de los habitantes de la capital del Turia intentan salir del presidio en que viven, pero Rodrigo decreta la incomunicación total para impedir que las bocas hambrientas alivien la presión del asedio escapando, ordena la muerte de quienes osen abandonar la ciudad, y llega a quemar ante la vista de los vigías de Valencia a los que se evaden. Mientras, su villa de Cebolla prospera, y su residencia en Villanueva es el antiguo palacio real de Abd al-Aziz, el gran rey de la Taifa de Valencia en su periodo de máximo esplendor. Por si fuera poco el Campeador no deja de acosar la capital, arrasando los arrabales contiguos a sus muros, estableciendo permanentemente un cerco completo y atacando las murallas al asalto siempre que tiene la oportunidad de hacerlo.

El 1 ó el 2 de junio de 1094, finalmente, y por consejo del sabio Al-Waqasi, Ibn Yahhaf pacta con el Cid la entrega de la ciudad si no llega auxilio en un plazo de quince días. Las condiciones serán que Ibn Yahhaf se mantendrá en el poder, pero el Cid recaudará todos los impuestos a través de su fiel almojarife Ibn Abduz y será, al fin y al cabo, quien tenga el mando supremo al controlar el ejército y la economía. Respetará a la población musulmana e implantará la ley coránica para esta.

Temeroso el arribista Ibn Yahhaf, intenta convencer a Al-Mustaín II de Zaragoza para que le socorra, pero este demora intervenir y, aunque le promete que lo hará, no tiene la más mínima intención de enfrentarse con el poderoso ejército del Cid, que ha ido allegando tropas de los alcaides de toda la región levantina. Además, el propio rey de Saraqusta pasa por grandes dificultades: en 1089 ha perdido a manos de Sancho Ramírez Monzón y sus tierras, convertidas en una marca del Reino de Aragón gobernada con mano firme por el heredero Pedro I. Y en este momento se defiende del ataque a Huesca, donde el rey Sancho Ramírez perdió la vida. En esta situación el rey saraqustí no está para rescates en Levante.

También envió Ibn Yahhaf emisarios a Murcia para solicitar la ayuda del gobernador almorávide de esta zona de al-Ándalus, Muhammad ibn Aisa, hijo de Yusuf ibn Tasufin, pero estos correos no regresaron a Valencia.

Perdida toda esperanza, el 17 de junio de 1094 el Cid toma posesión de la ciudad.

miércoles, 20 de octubre de 2010

El Cid falsificado XIV: la conquista de Valencia (2)

Una vez conquistado el castillo de Cebolla (o Yubaila), el Cid lo repobló, fortificó y comenzó a construir una villa en su alfoz con el fin de crear un mercado donde vender los excedentes de las algaras previstas para mantener su mesnada. A comienzos de julio de 1093 dirige sus tropas hacia la capital y acampa en los arrabales de Valencia. Desde esa posición se dedicó a socavar sus defensas y líneas de abastecimiento. En primer lugar destruyendo las poblaciones de las cercanías, apoderándose de los molinos y barcos de los puertos y requisando las cosechas; más tarde atacó los arrabales y barrios extramuros, utilizando los materiales aprovechables para la construcción de la villa de Cebolla.

En ese momento Al-Mustaín II de Zaragoza mostró su interés en Valencia, ofreciendo sesenta caballeros a Ibn Yahhaf para protegerle tanto del Cid como de los almorávides, pero era poca fuerza para resistir tantas amenazas, además de que el gobernador valenciano aspiraba aún a mantenerse independiente.

Es entonces cuando el Campeador comienza la conquista, a fuego y hierro, del arrabal de Villanueva, situado al norte del Guadalaviar, en torno al actual Museo de Bellas Artes Pío V. Acabada la resistencia, comienza a tomar el arrabal de La Alcudia, situado también al norte de la ciudad y al oeste del de Villanueva, más o menos al otro lado del río enfrente de las actuales torres de Serranos, donde se situaba la puerta de Alcántara, es decir, del puente. Aquí Rodrigo resultó herido tras una caída del caballo, y la lucha se hizo difícil, casa por casa y hombre por hombre. Mientras una parte de su hueste se dirigía atravesando el puente hacia la puerta de Alcántara, otros mantenían a raya a los defensores de la Alcudia. Los caballeros que intentaban ingresar por la puerta del puente fueron rechazados por mujeres y jóvenes valencianos que arrojaron desde torres y almenas de los muros de Valencia grandes piedras. A mediodía el combate aún era incierto y el Cid reagrupó su tropa. Por la tarde reanudó las hostilidades y, tras una feroz lucha, cayó también en arrabal de La Alcudia, con lo que el castellano dominaba el norte de la ciudad y toda la margen izquierda del Guadalaviar. Al sur, amenazada, resistía la capital.

Tanto en Villanueva como en La Alcudia dejó Rodrigo guarniciones, y habilitó estos barrios para alojar a su ejército. En estos arrabales el Cid instituyó un gobierno autónomo que permitió a la población musulmana conservar sus propiedades. Allí implantó la ley islámica, con lo que desaparecían todos aquellos impuestos no recogidos en el Corán. Para este cometido nombró almojarife a su wālī personal Ibn Abduz. Tributar solo el diezmo musulmán era algo inhabitual bajo el dominio andalusí, que había gravado durante mucho tiempo a sus pobladores con exacciones extraordinarias para pagar las parias y otras soldadas con que obtenían la protección de los belicosos cristianos. No debía de ser demasiado consciente la población de estos arrabales de que había sido precisamente el Cid uno de los principales beneficiarios de estos onerosos impuestos durante su protectorado en la región. Al disminuir la presión fiscal, y establecer en estas poblaciones importantes mercados para dar salida al botín de los saqueos del Cid, tanto La Alcudia como Murviedro o Cebolla se convirtieron en enclaves emergentes, y su vitalidad y riqueza generaban la envidia y desesperación de los habitantes de la metrópoli, cada vez más estrangulados por el nudo que imponía poco a poco el Campeador.

En agosto el cerco se va cerrando sobre Valencia. Mientras Ibn Yahhaf disponía de la excusa perfecta para racionar las provisiones a la guarnición almorávide de la ciudadela, mantenía el pacto secreto con el Cid. El castellano insistía públicamente en que no comenzaría ningún tipo de negociación si no eran expulsados los almorávides de la ciudad. Es más, exigió a Ibn Yahhaf el pago de los víveres que allí había almacenado y que ahora estaban incautados por el gobernador; además, pidió a Valencia impuestos equivalentes a los que se pagaban en su día al rey Al-Qadir, incluidos los atrasos acumulados desde que su protegido fuera asesinado. Y daba un plazo de un mes a Valencia para que en su socorro acudiera un ejército almorávide. Cumplido este, la ciudad le sería entregada.

Pero secretamente el Cid hacía saber a Ibn Yahhaf que permitiría que este continuara gobernando tras su entrada en la ciudad, y se convertiría en su protector, siempre y cuando evitara que acudiera el auxilio almorávide. En todo caso, no debía abrirles las puertas de la ciudad so pena de romper el pacto establecido. Con esa estrategia, Ibn Yahhaf buscó la alianza de los alcaides de Corbera, Játiva y Alcira, aunque Ibn Maimón, caíd de Alcira, rechazó el pacto. En ese momento El Cid llevó a cabo una expedición de castigo contra el alcaide de Alcira, y aprovechó para asegurar su fortaleza de Peña Cadiella. Emprendió, asimismo, una razia contra Villena para aprovisionar aquel castillo. De paso, intimidaba a los almorávides andalusíes. Para finales de agosto de 1093 la suerte de Valencia parecía echada.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El Cid falsificado XIII: la conquista de Valencia (1)

A comienzos de noviembre de 1092 el Campeador llega al fin a Cebolla, que era el tradicional punto de partida de todos los asaltos a Valencia. Allí se habían refugiado los partidarios del difunto Al-Qadir y del Cid, pero a la llegada de este, su alcaide no estimó conveniente franquearle la fortaleza, posiblemente por temor a las represalias almorávides; sin embargo, sus partidarios salieron al encuentro del castellano, que acampó a las puertas del castillo e inició su asedio.

Rodrigo Díaz había perdido el protectorado levantino y las tasas que recaudaba, con lo que su primera acción fue reclamar al gobernador o cadí de Valencia Ibn Yahhaf (quien regía la ciudad teóricamente en nombre del emir almorávide Yusuf ibn Tashufin) los víveres que tenía almacenados fruto del anterior dominio cidiano, pero el cadí se negó a entregárselos. Entonces exigió a las poblaciones de la zona que le fueran entregadas provisiones para mantener a su mesnada, a lo que accedieron todos temiendo la fuerza bélica del Cid, excepto el alcaide de Murviedro Ibn Luppon, quien estaba aliado con Ibn Razín de Albarracín, que a su vez permitió a Rodrigo Díaz establecer allí un mercado donde abastecerse y vender el botín de sus saqueos.

El siguiente paso del Campeador fue organizar razias por los alrededores de Valencia, vitales para la manutención de su ejército, en las que respetaba las cosechas pero rapiñaba ganados, monturas, objetos de valor y capturaba prisioneros que luego vendía como esclavos, como un noble de Alcalá de Chivert (torturado por el Cid según fuentes árabes) por cuyo rescate cobró una gran suma de dinero y las casas de Ayaya de la ciudad en caso de que el Campeador la lograra conquistar. Con ello además amedrentaba a la población y hacía sentir su autoridad, a la que difícilmente podían oponerse los escasos 300 caballeros de que disponía el ejército valenciano de Ibn Yahhaf, contando con jinetes andalusíes y los escasos almorávides que, en teoría, habían tomado posesión del alcázar. En la práctica era Ibn Yahhaf quien tomaba las decisiones, aunque se mantenía viviendo en una residencia particular.

Formalmente Valencia era una posesión delegada perteneciente a Yusuf ibn Tasufin, pero en la práctica la situación era bastante compleja ya que diversos poderes pugnaban en ese momento por la rica Valencia. Además, Ibn Yahhaf sufría una fuerte oposición interna tanto por la incomodidad con que los militares almorávides aceptaban de mala gana su poderío efectivo, como por la actividad de las facciones nobiliarias disconformes, encabezadas por la familia de los Banu Wayib, que tenía numerosos partidarios y se apoyaba en la población proalmorávide.

Es en esta situación cuando el Campeador ofrece un pacto a Ibn Yahhaf por el que se compromente a ayudarle a proclamarse príncipe independiente de Valencia a cambio de que expulse al contingente armado almorávide y a los Banu Wayib. El cadí valenciano consultó con su prisionero Ibn Al-Farach, ex wazir del Cid y de Al-Qadir, que le animó a sellar ese acuerdo secreto asegurándole la lealtad del castellano.

De este modo Ibn Yahhaf comenzó a regatear las provisiones para los almorávides alegando que los suministros empezaban a escasear debido a las actividades predatorias del Cid, aunque el gobernador se conducía con todo lujo y escolta, y mantenía oculto el tesoro del ex rey Al-Qadir. Por otra parte, el caudillo de los almorávides de Murcia y Denia Ibn Aisa le reclamaba igualmente las riquezas del extinto rey taifa para presuntamente enviarlas al emperador Ibn Tashufin. Con este montante le prometía que el emir norteafricano reuniría un ejército de socorro que pudiera expulsar de Valencia al Campeador. El gobernador decidió enviar a ibn Aisa solo una parte del tesoro real con dos miembros de la familia de Wayib y el antiguo alguacil y amigo del Cid Ibn Al-Farach que, fruto del tratado establecido con el adalid cristiano, fue liberado. Fue Al-Farach quien se las ingenió para hacer llegar a Rodrigo Díaz la noticia de la expedición, que fue interceptada y requisada por este, aunque pronto advirtió por la escasa cuantía del mismo que no había sido más que un señuelo que Ibn Yahhaf había egresado para ganar tiempo.

Al cabo de ocho meses de asedio de Cebolla el Cid consiguió hacerse con esta importante cabeza de puente en verano de 1093 y continuar con la estrategia que le había de llevar a la conquista definitiva de la feraz capital levantina.

domingo, 22 de agosto de 2010

El Cid falsificado XII: intrigas en Valencia

Mientras el Campeador permanecía en Zaragoza, la situación en Valencia capital se tornaba cada vez más inestable. La facción proalmorávide de la ciudad crecía desde fines de 1091, estimulada por las conquistas recientes, esperando que el nuevo poder norteafricano podría imponer orden en la agitada y corrupta política de la ciudad, liberando a los musulmanes valencianos de un señorío de facto cristiano y de las alcábalas y otras tasas no sancionadas por la ley islámica.

El Cid, antes de marchar a Zaragoza, había dejado como administrador y tesorero de confianza al-wazir de Valencia Ibn Al-Farach a cargo de la recaudación de impuestos que el Campeador recibía. Pero al frente de los afectos a la causa almorávide se situó el cadí de la ciudad Ibn Yahhaf, quien aprovechando la ausencia del Cid durante el año de 1092, prometió al general almorávide Ibn Aisa entregarle Alcira y Valencia. Con la situación muy comprometida en Valencia, en octubre, Rodrigo se decidió a volver, pero ya era tarde.

Ibn Aisa había mandado un destacamento de jinetes almorávides al mando de Ibn Nasr a Alcira, donde tomaron posesión de la plaza. No tardaron en apostarse a las puertas de Valencia. Mientras tanto, el cadí Ibn Yahhaf había detenido a Ibn al-Farach y, con la ayuda de sus partidarios, entre los que figuraban algunos potentados de la ciudad, como el magistrado Ibn Wayib, y los guerreros almorávides venidos desde Alcira, tomaron al asalto la ciudadela valenciana, de donde tuvo que huir el rey Al-Qadir (disfrazado, al parecer, de mujer y mezclado entre su harén) y toda su corte, entre los que se contaban el obispo nombrado por Alfonso VI, la comunidad mozárabe y otros andalusíes cercanos al Cid. Sin embargo, el que había sido rey de Toledo y de Valencia, siempre protegido por los magnates cristianos, solo logró esconderse en una vivienda cercana a ciertos baños públicos. Allí fue localizado por los sublevados con prontitud. Ibn Yahhaf encargó a un descendiente de Abu Bakr ibn al-Hadidi que ejecutara al monarca y vengara así la muerte de su pariente, que Al-Qadir había ordenado cuando reinaba en Toledo. El joven Banu Hadidi decapitó al soberano, su regia cabeza fue paseada por las calles de Valencia clavada en una pica y su cuerpo arrojado a un muladar, donde un vecino piadoso le dio sepultura sin mortaja, cual si se tratara de un indigente. También fue ajusticiado el ex rey de la taifa de Murcia Abu Abderramán Ibn Tahir, quien había socorrido al monarca de Valencia en una ocasión en que fue sitiado por el rey taifa de Denia.

Los fieles al rey supervivientes buscaron refugio en Yubaila/Cebolla, fortaleza gobernada por un mahometano de Albarracín en nombre del señor de la taifa de Alpuente Ibn Qasim. Los exiliados fueron acogidos por el almojarife o tesorero judío del difunto Al-Qadir. Otros se apresuraron a encontrarse con Rodrigo, que ya acudía a Cebolla, para informarle de la revuelta y de la muerte del rey. El Cid había perdido todo su dominio sobre las tierras valencianas a causa del avance almorávide e Ibn Yahhaf, un líder interesado sobre todo en el tesoro que Al-Qadir había escondido en Segorbe y Olocau de Valencia (localidad situada a unos treinta kilómetros de la capital levantina), se había convertido en el nuevo y arrogante príncipe de Valencia.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El Cid falsificado XI: la invasión almorávide

El año de 1091 el Imperio Almorávide extendió su dominio por todo el sur de al-Ándalus. Bajo el mando de los generales Sir ibn Abu Bakr y Muhammad ibn Aisa (primo e hijo respectivamente del emir Yusuf ibn Tasufín), el ejército norteafricano conquista, una tras otra, las taifas y plazas fuertes del sur peninsular a excepción de Badajoz (que no caería hasta 1094) y Zaragoza (que se resistiría al dominio almorávide hasta 1110). Tarifa capitula en diciembre de 1090, Córdoba a fines de marzo de 1091, Carmona en mayo, Sevilla (pese al intento de socorro de Álvar Fáñez) es tomada al asalto en septiembre; finalmente, los almorávides rinden Almería y en noviembre sucumbe Murcia.

Entretanto, El Cid, regresado a sus dominios levantinos, toma precauciones. Comienza a restaurar la fortaleza de Peña Cadiella, actual Benicadell, y los trabajos son finalizados en octubre. La segunda mitad de ese año la pasa el Campeador recorriendo sus dominios en la zona (Morella, El Puig, Valencia) y afianzando su poder. Sin embargo, a comienzos de 1092 localizamos a Rodrigo Díaz en Zaragoza, trabando alianzas con todos los poderes de la zona, especialmente con su viejo amigo Al-Mustaín II, con quien establece una firme alianza.

Todo este año permanece el Cid en la Marca Superior de al-Ándalus, y eso pese a que la amenaza almorávide se cernía sobre Valencia. Ibn Aisa había conquistado en los primeros meses de 1092 la fortaleza de Aledo (que tan cara había sido de mantener por parte de Alfonso VI), Denia y Játiva, situando el poder almorávide a pocos kilómetros de Valencia y disputando con fuerza el señorío cidiano.

Por si fuera poco, el mismo Alfonso VI decide en 1092 utilizar la fuerza contra el Cid, probablemente disgustado por la usurpación de su influencia (y de los impuestos) en Levante por parte del que no era, ni mucho menos, un sumiso vasallo. Así, contrata los servicios de la flota de Pisa y Génova, las más poderosas del Mediterráneo en este tiempo, y planea un ataque por mar y tierra contra Valencia. El Cid permanece, no obstante, en Zaragoza.

El rey Alfonso acampa en El Puig (entonces llamado Yubaila o Cebolla), un cerro desde el que se preparaba cualquier ataque a la capital del Turia, en espera de la llegada de la armada pisana y genovesa. Pero la flota se retrasaba, y la logística impedía al rey de León y Castilla permanecer por más tiempo allí, por lo que tuvo que regresar a su corte toledana. Para no desaprovechar la presencia de esta fuerza naval, Sancho Ramírez de Aragón y Berenguer Ramón II de Barcelona la utilizaron para un intento, también infructuoso, de tomar Tortosa.

Todo quedó, al fin, en nada. Pero El Cid se tomó represalias atacando el reino de Alfonso VI a través de la región de La Rioja, gobernada por el conde García Ordóñez, que atacó con saña: devastó, asoló e incendió toda la zona sin que el conde castellano se atreviera siquiera a hacer frente al Campeador. Tras esta demostración de fuerza, El Cid volvió a su vida regalada en Zaragoza.