martes, 29 de marzo de 2011

sábado, 5 de marzo de 2011

Alfonso Val Ortego: pintor

Con motivo de la presentación en el suplemento Artes y Letras de Heraldo de Aragón de un cuadro de gran formato de Alfonso Val Ortego en el cementerio de Torrero de Zaragoza, me decido a escribir unas líneas sobre su obra pictórica.

Calificado por sus amigos, un poco en son de chanza, como «el mejor pintor vivo de Aragón», y poco dado a entrar en el mercadeo artístico, lleva años practicando una pintura que es Arte con mayúsculas, antiguo, sereno y clásico. Ha cultivado a partes iguales una abstracción que entronca con los Saura o Viola y un figurativismo que remite a la mejor tradición del barroco español. En sus pinceles vemos aquel Siglo de Oro, la importancia del dibujo y de la línea de Velázquez (a quien Val Ortego considera el mejor dibujante que jamás ha existido), y el color como medio para expresar el volumen, la luz. Rigurosa perspectiva, pero también pintura de masas cromáticas, la gran aportación de Goya.

Es en el genio maduro de Fuendetodos donde observo mayores afinidades. El trabajo con los medios tonos, la paleta restringida (ocres, tierras y negros), algún contraste (azules, rojos) y la luz del blanco combinados con aparente austeridad, mas con profunda inteligencia. Enlaza su pincel, asimismo, con la gran revolución impresionista. Al acercarse a contemplar la técnica descubrimos que, bajo esa realidad social parda y meditativa, late una sinfonía de matices coloristas y texturas que confluyen en la retina, sin notar el alarde, en unas formas rotundas, severas, perdurables. Acrílico, óleo, pasteles se conjugan con destreza en el acabado de sus obras, que sin embargo adoptan el gesto enérgico de la intuición primera, rasgo que el admirado Luis Feito consideraba esencial en la pintura de nuestro tiempo.

En la era de la tecnología, sigue la escondida senda del artesanal oficio de pintor. De la entrevista que Antón Castro le publica con motivo de la exposición del gran cuadro de Torrero, destaco su mención a la «aspiración a la trascendencia». Es lo que une el arte con la vida. Con ese afán riega su arte callado, sabio y consciente. Pero matiza, y huye de todo aquello que pueda relacionarse con afectación o grandilocuencia.

Escribe para nuestros ojos el misterio cotidiano del vivir, pinta para sus adentros la felicidad que le reporta el hacerlo. Imagina un sueño que nos muestre otra realidad más alta de la que vivimos in hac lacrimarum valle.


Cosquillas


Galacho de Juslibol


Venus


Exclusas


Joven en cuclillas



Solar

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viernes, 25 de febrero de 2011

El Cid falsificado XXI: la muerte de su hijo

Durante la primavera de 1097 regresa de nuevo Yusuf ibn Tasufín a la península con la intención de reconquistar Toledo, que había sido perdida para el islam en 1085. Concentró en Córdoba un gran ejército confiado a Muhammad ibn al-Hach, quien en 1110 tomaría para los almorávides la taifa de Saraqusta. Al-Hach emprendió la ruta hacia el norte.

Al enterarse Alfonso VI, que el 19 de mayo se encontraba en Aguilera, localidad situada tres kilómetros al oeste de Berlanga de Duero, y se disponía a atacar Zaragoza, debe volver sobre sus pasos para aprestarse a la defensa de Toledo. Los ejércitos se encontraron cerca de Consuegra, donde se produjo la batalla el día de la Virgen de agosto de 1097. El rey Alfonso fue derrotado sin paliativos, y hubo de refugiar sus huestes en el castillo, donde permanecieron cercados más de una semana, aunque finalmente Al-Hach no pudo tomar la fortaleza, que caería al año siguiente reconquistada por los almorávides.

A este combate había sido enviado el único hijo del Cid, aquel que habría heredado su principado valenciano, Diego Ruiz, que contaría con aproximadamente dieciocho o veinte años. Posiblemente hacía sus pinitos en el séquito real del conquistador de Toledo, como su padre los había hecho en el de Sancho II de Castilla. Desgraciadamente para el Campeador, allí perdió la vida el varón que habría podido perpetuar su patrimonio.

Mientras, en Levante, el gobernador Abul Hasán Alí ibn al-Hach recibía refuerzos para mantener sus posiciones en Játiva y Denia.

En otoño de aquel 1097, instalado en Córdoba, Yusuf seguía hostigando el Regnum Toletanum, pero la capital de la Castilla nueva siguió resistiendo los embates almorávides. Para ello en septiembre Alfonso VI contó con la ayuda de Pedro I de Aragón. Aragón y Castilla hacían frente común para resistir al Imperio africano en la zona occidental hispánica, mientras que en la oriental el gobernador de Murcia, Ibn Aisa, atacaba las posesiones de Álvar Fáñez en Cuenca, marchando contra Zorita y Santaver. El bravo capitán del rey Alfonso fue derrotado y sus posesiones saqueadas.

Ibn Aisa aprovechó la circunstancia para atacar tierras valencianas cercanas a Alcira. Posiblemente el retén que el Cid mantenía en la poderosa fortaleza de Peña Cadiella saliera entonces a probar suerte con una espolonada contra algún destacamento del ejército moro, pero perdieron el encuentro. Quizá en el relato de este acontecimiento se note la querencia del historiador de la Gesta Roderici Campidocti (más conocida como Historia Roderici), quien habría podido restar importancia en su narración a esta derrota de las tropas del Cid, pero no parece que, en cualquier caso, fuera el propio Rodrigo al frente de este contingente ni que este fuera demasiado numeroso. El Cid no ganó batallas después de muerto, pero sí se salva históricamente su aureola de caudillo invicto.

Nota: imagen obra derivada de Wikimedia Commons. Castillo de Consuegra.

domingo, 13 de febrero de 2011

El Cid falsificado XX: la batalla de Bairén

A comienzos de 1097 el Reino de Aragón poseía varias tenencias en la Costa del Azahar de la actual provincia de Castellón: Montornés (cerca de Benicasim), Culla, Oropesa del Mar o Castellón de la Plana, entre otras. Estos dominios aragoneses suponían una confluencia de intereses con los del Cid, que enseñoreaba en el Levante, y los dos soberanos perseguían la consolidación de la posesión de estos enclaves, ante la fragmentación política que había experimentado la zona en los últimos años.

La fortaleza de Peña Cadiella estaba necesitada de provisiones y con el fin de abastecerla, los ejércitos del Campeador y de Pedro I de Aragón, iniciaron la arriesgada expedición hacia el sur.

Desde Denia y Játiva los musulmanes seguían los movimientos de la hueste cristiana, que atravesaba la ruta que entre estos promontorios discurría. Muhammad ibn Ibrahim ibn Tasufín, el adalid derrotado en Cuarte, amenazaba desde la que sería cuna de los Borja. Las tropas cristianas alcanzan el imponente castillo, y allí planean el regreso que, para evitar los peligros de volver a atravesar el valle interior, donde sin duda habrían tomado posiciones las fuerzas almorávides con el fin de lanzarse sobre el enemigo, deciden emprender el viaje de vuelta por la costa a través de la huerta de Gandía. Pero les sigue acechando Ibn Ibrahim, que desde los promontorios interiores, vigila sus movimientos, en espera de un momento propicio para el ataque.

El Cid y el rey de Aragón acampan en el castillo de Bairén (hoy de San Juan), situado tres kilómetros al norte de Gandía y uno al sur de Jeresa, en un otero de cien metros de altura de las últimas estribaciones orientales del macizo de Mondúver en cuya cima a 800 metros de altura, y a un kilómetro de distancia hacia el oeste, enfrente de las posiciones cristianas, se encontraba apostado el ejército islámico.

Además de la comprometida situación que el Cid y Pedro I tenían, por la desventaja en el terreno (que obligaría al Cid a un ataque cuesta arriba) Muhammad ibn Ibrahim contaba con refuerzos navales andalusíes que desde la playa de Gandía comenzaron a arrojar flechas y saetas, al tiempo que lo hacían desde el Mondúver los arqueros y ballesteros almorávides.

La situación de los cristianos era desesperada, pero el Cid decidió, en un arranque de valor, abrirse camino, pese a la oposición del enemigo, en una carga frontal con la caballería pesada. Tras arengar a sus tropas, rompió por el centro las filas musulmanas, provocando un efecto sorpresa entre ellas que les llevó a una pronta desbandada. La huida desorganizada estimuló la persecución de los cristianos por valles y barrancos, llevando a muchos de los almorávides hasta el mar, donde perecieron ahogados intentando buscar refugio llegando a sus naves.

Con el camino franco hacia Valencia, las tropas cidiano-aragonesas llegaron sin contratiempos a la capital y aún ayudaría el Campeador a sofocar una revuelta que en el castillo de Montornés de Pedro I se había producido, despidiéndose ambos hasta la próxima ocasión. Corría el mes de febrero de 1097.

sábado, 5 de febrero de 2011

El Cid falsificado XIX: dominador de Levante

La victoria en la batalla de Cuarte dejó la frontera con el Imperio almorávide en Denia y Játiva, adonde se retiraron las fuerzas musulmanas. Alfonso VI, que acudía al socorro del Cid, aprovechó para saquear la comarca de Guadix y liberar mozárabes con que repoblar el acapto (territorio recién conquistado) del Regnum Toletanum, aún en franca debilidad, pues Toledo era constantemente hostigada por los morabitos.

El Campeador, sin embargo, necesitaba asegurar los territorios comprendidos entre Valencia y los cristianos, y emprendió una campaña que se prolongaría hasta 1096 para sojuzgar a los señores de las taifas de Jérica (Ibn Yamlul), Segorbe (Ibn Yasin), Santaver (Al-Sanyati), Alpuente (Nizam al Dawla), Albarracín (Ibn Razin), Tortosa (Sayyid ad-Dawla) y Lérida (Tayid ad-Dawla), que habían sido aliados del ejército almorávide en su intento de recuperación de Valencia. Quizá en el transcurso de estas acciones apresó en febrero o a comienzos de marzo de 1096 a Ibn Tahir de Murcia, aunque otra posibilidad es que hubiera sido capturado durante la batalla de Cuarte. Además, tomó el castillo de Olocau y el de Serra, que constituían el sistema defensivo del norte de la ciudad y, probablemente, aún guardaban parte del tesoro real del finado Al-Qadir. El Cid volvía a recuperar el dominio del Levante, desde Lérida y Tortosa hasta los confines de la extaifa de Denia, con un puesto avanzado en la fortaleza de Benicadell (Peña Cadiella) y, a diferencia del protectorado que estableció entre 1088 y 1092, con una capital: la rica y poderosa ciudad de Valencia.

En 1096 Rodrigo consagra la mezquita mayor como templo cristiano, aunque todavía no fundó la sede catedralicia, que sería establecida en 1098, ni reformó la arquitectura del templo en su integridad, dadas las urgencias militares que aún amenazaban su principado.

Por otro lado, el Cid contaría en este tiempo con la firme amistad del Rey de Aragón. Ya había entablado alianza desde comienzos de 1092 con Sancho Ramírez (muerto el 4 de junio de 1094 durante el sitio de Huesca), y la renovó con su hijo Pedro I quien, a instancias de los magnates de su reino, nada más concluir la conquista de la nueva capital del reino (la victoria de Alcoraz había tenido lugar el 18 de noviembre de 1094), solicitó al castellano la renovación de los lazos de amistad y colaboración. A finales de noviembre o comienzos de diciembre de 1096 el rey Pedro llega a Montornés, un castillo de Aragón situado cinco kilómetros al norte de Benicasim, con objeto de encontrarse con el Campeador en Burriana, donde se firmó la continuidad del pacto.

No tardaría mucho el Cid en necesitar la ayuda de su aliado. Los últimos días de diciembre de 1096 emisarios del Campeador llegan a Huesca, que estaba siendo en ese momento acondicionada para convertirse en la nueva capital del Reino de Aragón, para solicitar a Pedro I ayuda en una expedición de abastecimiento al castillo de Peña Cadiella, muy peligrosa por cuanto había que rebasar las ciudades almorávides de Denia y Játiva. Sin dudarlo, y a pesar de las tareas que debían ocupar al rey en Huesca, se puso en camino acompañado de su hermano Alfonso Sánchez, el futuro Alfonso I el Batallador.

La campaña de aprovisionamiento del fuerte avanzado cidiano estaría a punto de costar muy caro al Cid y al ejército aragonés. Pero el relato de esta nueva campaña militar y su desenlace en la batalla de Bairén quedarán para el próximo capítulo.

miércoles, 26 de enero de 2011

El Cid falsificado XVIII: la batalla de Cuarte (2)

Los almorávides iniciaron las hostilidades el 14 de octubre al término del Ramadán asolando diariamente y durante una semana campos, huertas y arrabales de la capital, apoyados por los arqueros.
Pero el rumor difundido por el Cid de que Alfonso VI llegaba, había mermado los efectivos mahometanos y causado desmoralización, lo que propició la ocasión de romper el cerco luchando en batalla campal tras concebir una brillante estrategia.
El 21 de octubre de 1094 el grueso de la hueste, con Rodrigo al frente, salió de noche por la puerta de Botella situada al sur de Valencia y rodeó el ejército enemigo hasta colocarse a la retaguardia de su campamento real, con la intención de hacerles creer, cuando fueran descubiertos, que habían llegado las fuerzas salvadoras de Alfonso VI.
Con las primeras luces del día un destacamento cristiano, que había quedado dentro de la ciudad, inició un ataque que simulaba uno de los habituales escarceos bélicos que procuraban aliviar el hambre y la sed padecidos por los sitiados. Pero se trataba de una maniobra de atracción similar al tornafuye, una táctica propia de la caballería ligera musulmana consistente en fingir retirarse para luego volver grupas y atacar decididamente y por sorpresa al enemigo.
Así, cuando las tropas almorávides vieron la salida del escuadrón cristiano, avanzaron para combatirlos, estirando peligrosamente la formación y alejándose de la retaguardia, donde estaba Muhammad ibn Tasufín protegido solo por la guardia real. Es en ese momento cuando el Campeador, que estaba emboscado, se lanzó enérgicamente contra el Real enemigo defendido solo por el cuerpo de guardia, que no pudo soportar el ataque de la numerosa caballería pesada cidiana, y huyeron en desbandada, sorprendidos por lo que quizá creyeran que era el ejército del rey Alfonso.
Mientras, el escuadrón cristiano aguantaba a duras penas el ataque de la vanguardia almorávide y sufrieron bastantes bajas, pero consiguieron ponerse a salvo en Valencia: la misión estaba cumplida y la derrota almorávide era total.
El Cid no se molestó en perseguir al fugitivo, pues habían desamparado el botín en el campamento, y la prioridad fue apropiarse de esta extraordinaria ganancia.
Alfonso VI fue derrotado tres veces en las importantes batallas de Sagrajas, Consuegra y Uclés. El hecho de que el Cid, con un número de tropas inferior y valiéndose de una exquisita estrategia, consiguiera vencer por vez primera (y casi única, pues solo Alfonso I de Aragón el Batallador en su expedición por Andalucía consiguió otra victoria de este calibre) a un ejército imperial almorávide, justifica que esta sea la mayor de las victorias de Rodrigo Díaz y que, pese a la cantidad de elementos ficticios que ha ido conformando la aureola legendaria del Cid hasta convertirlo en una figura mítica, tuviera ganado ya en vida el apelativo de Campeador y una fama perdurable.

jueves, 6 de enero de 2011

El Cid falsificado XVII: la batalla de Cuarte (1)

La batalla de Cuarte es la mayor victoria que consiguió el Cid en toda su trayectoria guerrera, y la primera derrota del Imperio almorávide en la península ibérica. Y el éxito fue obtenido con un ejército inferior en número y gracias a una extraordinaria estrategia. Por ello vamos a detenernos en el relato de los antecedentes de este episodio.

Desde el momento en que el poderoso Yusuf ibn Tasufín tuvo noticia de que había caído Valencia, comenzó a poner los medios para recuperarla. Además, el Campeador había sometido en estos meses a la provincia de Denia a continuas correrías, y los denienses habían elevado su queja al emir, según transmite un testigo de los hechos, Ibn al-Farach (testimonio que había sido atribuido tradicionalmente a Ibn Alqama), alguacil o ministro de Hacienda del antiguo rey de Valencia Al-Qadir y posteriormente del Cid desde su protectorado de 1089-1091 por todo el Levante.

Ibn Tasufín, por consiguiente, dio orden de reclutar en Ceuta alrededor de 4000 jinetes de caballería ligera y hasta 6000 peones, tropas que puso al mando de su sobrino Abú Abdalá Muhamad ibn Ibrahim, con el objetivo de reconquistar la ciudad del wadi al-biad. Entre estas se contaba la férrea guardia imperial, cuyo núcleo estaba constituido por esclavos subsaharianos que, tras un disciplinado adiestramiento, se convertían en fuerzas de élite que se disponían en compañías especializadas, como las de arqueros. Por estas fechas, además, el ejército almorávide ya había incorporado avances en tecnología bélica que procedían de los andalusíes, que a su vez habían mimetizado varias de las tácticas cristianas, como el empleo de caballería pesada o el uso de maquinaria de asalto para conquistar ciudades fortificadas. Algunos cientos de caballeros andalusíes fuertemente pertrechados y ballesteros completaban las fuerzas movilizadas por el Imperio africano.

Entre el 16 y el 18 de agosto de 1094 la hueste almorávide desembarca en la península cruzando el estrecho mediante varios viajes de ida y vuelta en los pocos barcos con que contaba un ejército aún no habituado a utilizar fuerzas navales. Hacia el 23 de agosto llegan a Granada, donde se les suma la guarnición del gobernador Alí ibn Alhach, compuesta por su guardia personal y por el contingente andalusí de la antigua taifa zirí. Conforme avanzaba la tropa, se les fueron sumando otros caballeros de las taifas de Lérida (unos 300 al mando del gobernador Ibn Abil Hachach Asanyati), Albarracín (cien caballeros a las órdenes de su señor, el venerable Abdelmalik ibn Hudayl ibn Razín, rey de esta taifa de 1045 a 1103) y posiblemente también las de los minúsculos señoríos que se habían formado en la zona levantina tras las constantes luchas de poder y periodos de reyes débiles que habían sido la tónica en los años precedentes: Segorbe (gobernado por Ibn Yasín) y Jérica (por Ibn Yamlul), que aportarían algunas decenas más de jinetes. Más que por su número, los refuerzos de estas taifas aportaban el conocimiento del terreno, de las específicidades de la guerra de asedios y de las tácticas cristianas. Su presencia, por fin, hacía visible el sometimiento que estas pequeñas taifas sufrían de facto ante el poder morabito.

El 15 de septiembre el ejército de Muhammad acampa entre Cuarte de Poblet y Mislata, a 3 o 4 kilómetros de Valencia. Pero en esas fechas comenzó el mes sagrado de Ramadán, por lo que iniciaron un periodo de ayuno durante el cual la pasividad y las dificultades logísticas provocaron las primeras deserciones, que impidieron cercar el sur y suroeste de la capital.

Rodrigo, por su parte, emprende las ingratas medidas destinadas a la defensa de la ciudad. En primer lugar hace expulsar a mujeres e hijos de musulmanes para disminuir la cantidad de bocas que alimentar, manteniendo solo a la población útil para el combate o con voluntad decidida de colaborar en la resistencia. Por otro lado, difundió varias noticias que tenían por objeto desmoralizar a posibles enemigos internos. Amenazó con ejecutar a los musulmanes valencianos si el sitio se completaba, aterrorizando así a los posibles quintacolumnistas; pronosticó su victoria mediante la ornitomancia e hizo correr la noticia de que venían en su auxilio tanto Pedro I de Aragón como Alfonso VI de León y de Castilla. De los dos, solo el segundo acudía al rescate, pero el solo rumor de su llegada sembraba de inseguridad el ejército sitiador. Con ello lograba el doble objetivo de minar los ánimos del enemigo y reforzar la moral de combate de sus hombres, constantemente animados, por demás, con las enardecedoras arengas del Campeador.

Aún más, Rodrigo fue en todo momento un ejemplo de serenidad ante la contemplación del extenso campamento hostil, hecho que recogen tanto las fuentes cristianas como las árabes que, en este punto, se reflejan en el Cantar de mio Cid cuando, habiendo llegado su mujer e hijas a Valencia, el Cid Campeador hace gala de un humor optimista:

Su mugier e sus fijas subiolas al alcácer,
alçavan los ojos, tiendas vieron fincar:
—¿Qué's esto, Cid, sí el Criador vos salve?—
—¡Ya mugier ondrada, non ayades pesar!
Riqueza es que nos acrece maravillosa e grand;
á poco que viniestes, presend vos quieren dar,
por casar son vuestras fijas, adúzenvos axuvar.

A su mujer y sus hijas al alcázar subió
alzaban los ojos, tiendas vieron plantar
—¿Qué es esto, Cid, así os salve el Criador?
—¡Ay mujer honrada, no tengáis pesar!
Nuestra riqueza se acrecienta maravillosa y grande;
hace poco que vinisteis, un presente os quieren dar,
por casar están vuestras hijas, os traen el ajuar.

Cantar de mio Cid, ed. de Alberto Montaner Frutos, versos 1644-1650.