martes, 13 de julio de 2010

El Cid falsificado X: ruptura con Alfonso VI

Tras su victoria sobre Berenguer Ramón II el Fratricida en la batalla de Tévar, el Cid se dirige a Daroca para recuperarse de las heridas y la subsiguiente enfermedad que le aquejó.

Allí recibe noticias del deseo del conde de Barcelona de hacer las paces. Rodrigo, tras mostrarse remiso, aceptó con la condición de que el barcelonés renunciara a cualquier aspiración a cobrar las parias del reino musulmán de Lérida, Tortosa y Denia, donde a la sazón moría su monarca, Al-Mundir al-Hayib, dejando un heredero tan joven --Sulaymán Sayyid ad-Dawla-- que tuvo que ser tutelado por los Ibn Betir, dos hermanos y un primo que se repartían la regencia de los tres distritos leridanos. En adelante los Ibn Betir pagarían las parias al Cid a cambio de su protección. El protectorado cidiano se extendía así desde Tortosa hasta Denia, usurpando, desde el punto de vista de Alfonso VI de León, el poder recaudatorio que en Levante le cediera años atrás. A fines de 1090, recuperado el Campeador, se establece en Burriana y desde allí comenzó a someter las fortalezas que aún no reconocían su autoridad: Cebolla (actual El Puig) y Liria.

Entretanto, el emir almorávide Yusuf ibn Tasufín había cruzado de nuevo el estrecho para deponer a los reyes taifas. Para ello instigó la proclamación de fetuas que declaraban la ilegalidad de las parias y otros impuestos no recogidos en el Corán, y denunciaban la actitud colaboracionista con los cristianos de estos monarcas andalusíes. Comenzó por derrocar al rey zirí de Granada Abdalá ibn Buluggin, quien nos dejó un valioso testimonio autobiográfico en sus memorias. Poco después, su hermano mayor Tamim ibn Buluggin, régulo de Málaga, era también destronado. Yusuf ibn Tasufín volvía al Magreb, pero dejaba los ejércitos almorávides al mando de Sir ibn Abu Bakr con la orden de acabar con la espléndida corte de Al-Mutamid y su reino taifa de Sevilla.

Tanto el último zirí de Granada como el postrer abadí sevillano compraban su protección a Alfonso VI, que intentó cumplir con las obligaciones de las parias enviando dos ejércitos de socorro a los reyes hispanoárabes. El primero, bajo el mando de Álvar Fáñez, no consiguió reconquistar Sevilla para los andalusíes; para el segundo, a sus órdenes directas, reclamó la ayuda del ejército del Cid con el fin de retomar Granada para el desterrado a Mequinez Abdalá ibn Buluggin. El Campeador estaba a punto de culminar con éxito el sitio a Liria cuando recibió cartas de Constanza de Borgoña (esposa de Alfonso VI) que le recomendaban unirse a la hueste del rey, pues la disposición de Alfonso era favorable a una reconciliación. El Cid, efectivamente, levantó el asedio y se dirigió a Martos donde esperaba el rey de León y Castilla. Pero pronto surgieron las desavenencias.

El Cid no se conformaba con subordinarse a Alfonso y mantenía la actitud de un soberano aliado y no la de un vasallo. Sin duda este proceder acabó por incomodar al monarca, que le afeó su conducta públicamente, quizá reprochándole que se hubiera apropiado de las parias que el rey de León consideraba de su zona de influencia. Además la expedición fracasó. Ya no había enemigo con el que combatir, pues Ibn Tasufín estaba en Ceuta y había dejado una fuerte guarnición en Granada que, de seguro, impidió toda rebelión mozárabe o hispanoárabe, y el ejército conjunto de Alfonso y Rodrigo no debió poder subsistir mucho tiempo sin la colaboración de los granadinos opuestos al poder almorávide.

Frustrado y de regreso, Alfonso VI tuvo con el Cid un fuerte enfrentamiento personal en Úbeda, a resultas del cual aquel intentó arrestarle, aunque este consiguió evadirse, con su mesnada, hacia tierras levantinas de las que nunca regresaría.

Tras analizar los hechos, no puede decirse, en puridad, que el Cid fuera el perfecto y humilde vasallo que nos transmite el Cantar de mio Cid, pero tampoco el mercenario que quiso Dozy, pues Rodrigo podía haber hecho caso omiso a la llamada de Alfonso cuando dominaba el Levante de Tortosa a Denia y estaba a punto de conquistar la fortaleza de Liria, a la que tuvo que renunciar por el momento. Nada extraordinario le podía reportar el acudir con sus tropas al llamado del rey de León y, sin embargo, intentó la conciliación.

domingo, 4 de julio de 2010

El Cid falsificado IX: el protectorado de Valencia

Desterrado por segunda vez, pasa el Cid la Navidad de 1088 acampado en Elche, pero pronto tiene noticias de que el tesoro procedente de los impuestos del distrito de Denia, entonces perteneciente al rey Al-Mundir de Lérida, se custodiaba en Polop. El Campeador debía mantener a su mesnada, pues ahora no dependía de ningún señor, por lo que asaltó la fortaleza y obtuvo un importante botín que le permitiría continuar sus correrías y mantener a su gente contenta. A comienzos de 1089 Rodrigo reconstruye un castillo en Ondara, probablemente en las estribaciones de la sierra de la Segaría, frente a la ciudad de Denia, con el fin de pasar la Pascua. Al rey de Lérida, ante la imposibilidad de defender estas lejanas posesiones, no le quedó otro remedio que pactar con el Cid su retirada de la región, lo que consiguió, sin duda tras pagarle generosos emolumentos.

El Campeador se dirigió entonces a Valencia, donde el débil reyezuelo Al-Qadir, que ya no controlaba las plazas circundantes, ganó también su benevolencia mediante importantes estipendios económicos; tras él, los alcaides de la taifa de Valencia le rindieron asimismo pleitesía en forma de parias. Desde ese momento el Cid había creado, de facto, un protectorado en Valencia.

Para asegurar la frontera norte, donde operaba amenazante el rey taifa de Lérida, el Campeador se instala en Burriana. Al-Mundir no podía seguir tolerando la impune actividad del Cid en territorios tan cercanos a sus intereses, por lo que contrató los servicios del conde de Barcelona Ramón Berenguer II el Fratricida, e intentó sumar a la coalición al rey de Aragón Sancho Ramírez y al conde de Urgel, Ermengol V, pero rechazaron la propuesta. Sin embargo, el monarca leridano intentó seguir allegando fuerzas para conseguir una victoria sobre Rodrigo. Obtuvo también un inicial apoyo a la causa de Al-Mustain II, rey de la Taifa de Zaragoza, pero tras conocer que Alfonso VI de León rechazaba participar en la empresa, abandonó también la alianza.

Entre tanto, el Cid se había desplazado hacia las tierras del interior, a Morella, donde había abundante cosecha y ganados que permitieran sustentar su numerosa hueste. Allí conoció la noticia de la alianza que contra él se preparaba gracias a unos mensajeros del rey de Zaragoza que, posiblemente arrepentido de su primera intención de combatirle y en recuerdo de la antigua amistad y servicios prestados por el Cid a su linaje, quiso avisarle del peligro que se cernía sobre él. Rodrigo respondió a través de los emisarios zaragozanos que no temía nada y que esperaba firme el ataque del conde de Barcelona, ejército mercenario sufragado por Al-Mundir.

En un lugar indeterminado entre Monroyo y Morella, el pinar de Tévar, se produjo en verano de 1090 el encuentro bélico que el Cid ganó gracias a su habilidad estratégica y al buen uso del terreno escarpado, a pesar de haber estado muy cerca de la derrota y haber caído del caballo resultando herido. Por segunda vez el Campeador derrotó al poderoso conde de Barcelona y, también de nuevo, lo capturó, obteniendo una gran cantidad de dinero por su rescate.

domingo, 27 de junio de 2010

El Cid falsificado VIII: el segundo destierro

El primer semestre de 1087 encontramos a Rodrigo confirmando diplomas en la corte real de Alfonso VI, y en verano marcha hacia Valencia con el objeto de apoyar al reyezuelo Al-Qadir, cuyo trono se sostenía a expensas del rey de León, y ahora era hostigado por una coalición de Al-Mundir de Lérida, Tortosa y Denia, y Berenguer Ramón II el Fratricida. El Cid, por su parte, buscó la colaboración con sus viejos amigos los reyes hudíes de Zaragoza para marchar juntos a apuntalar el gobierno de Al-Qadir.

Aunque consiguieron rechazar la coalición leridano-barcelonesa, Al-Mundir tomó la imponente fortaleza de Murviedro, hoy Sagunto, para desde allí seguir amenazando la capital del Turia. El Campeador marchó a Castilla para tener consejo con su rey Alfonso y a su vuelta la situación del régulo valenciano era delicada: el Conde de Barcelona sitiaba la ciudad, apoyado por la guarnición leridana de Murviedro.

Frente a ella acampó el Cid en Torres Torres y comenzó a negociar con Al-Mundir, a quien seguramente pagaría una buena cantidad de dinero (probablemente traída de su reciente entrevista con el poderoso rey Alfonso VI) a cambio de cancelar su alianza con Berenguer Ramón II, privándole de apoyo logístico. Es de pensar que el pacto alcanzado entre Rodrigo y el rey de Lérida llegara a conocimiento del barcelonés y, al verse aislado, negociara con el Cid su retirada a cambio de no ser atacado. Sin duda el catalán recordaría el mal trago pasado de su derrota y cautiverio a manos de Rodrigo en Almenar siete años atrás. Sea como fuere, el Fratricida levantó el cerco sin que Rodrigo lo tuviera que combatir.

Cumplida la misión, era el momento de recoger los frutos. La feraz Valencia y su rey, agradecidos, recompensaron generosamente al Cid; así lo hicieron también otros señores del Levante, que pagaban así las tasas del protectorado de Alfonso VI.

En tanto que el Cid recorría aquellas tierras, adquiriendo un conocimiento de la zona que sería decisivo en el futuro, Alfonso VI es urgido a defender la posición avanzada que mantenía en Aledo: un promontorio casi inexpugnable, quebradero de cabeza para los andalusíes, quienes llamaron al poderoso emir norteafricano para su reconquista.

Así pues, en 1088 Alfonso VI ordena a su vasallo que acuda a reunirse con su mesnada en Villena, para avanzar juntos al socorro del castillo murciano. Pero el encuentro falló. Acampado el Cid en Onteniente, el ejército real le había sobrepasado llegando a Hellín al tiempo que Ibn Tasufín, ante las discordias de los régulos taifas y la enemiga directa del distrito de Murcia (que no aceptaba el dominio integrista almorávide), optaba por la retirada temiendo el ataque castellano-leonés. El caso es que Alfonso VI entendió que Rodrigo había evitado acudir al llamado de su rey, y lo condenó por traición a un segundo destierro con la consiguiente revocación de las honores o tenencias que le habían sido concedidas.

Lo común ha sido siempre exculpar al Cid, pensando que tan fiel vasallo (en línea con la idea heroica creada por el Cantar de mio Cid) no podía haber fallado a su señor, y la interpretación tradicional es que el Cid no consiguió saber dónde se encontraba el ejército real. Es una explicación bastante dudosa, pues un ejército como el de León y Castilla en marcha no podía pasar desapercibido, menos para un experto campeador como Rodrigo, acostumbrado a moverse continuamente y con un sentido estratégico de las posiciones de los ejércitos muy bien entrenado.

Quizá, como conjetura, las sabrosas parias recibidas de los ricos reyezuelos valencianos eran un botín demasiado apetecible; sus caballeros debían recibir el pago de esta campaña. De hecho, se sabe que, conocida la noticia de la caída en desgracia del Cid, muchos de sus caudillos liquidaron su servicio a Rodrigo y marcharon a sus solares. Fuera una traición de Rodrigo a su rey o un desafortunado malentendido, el Campeador sufrió un segundo destierro cuyas causas (de creer la versión regia) eran bastante infamantes para el noble castellano. Y este nuevo castigo fue oportunamente silenciado por las fuentes más propiamente castellanas que, desde fines del siglo XII, comenzarían a ensalzar la figura legendaria del héroe: la Crónica najerense, la Leyenda de Cardeña, la Estoria de España y su versión de la Crónica de veinte reyes.

viernes, 4 de junio de 2010

El Cid falsificado VII: últimos años en Saraqusta

Gracias a las victorias del Cid sobre el conde de Barcelona, el rey de Aragón y el rey taifa de Lérida, el segundo semestre de 1084 sería de placentero disfrute en Medina Albaida Saraqusta. La corte de Al-Mutamán ultimaba los preparativos de una sonada boda: la de su hijo y heredero Ahmed ibn Mutamán al-Mustaín II con la hija del rey taifa de Valencia, Abu Bakr. El enlace, preparado con exquisito cuidado por el visir judío Ben Hasdai, se celebró en Zaragoza el 26 de enero de 1085 como una cumbre al más alto nivel de todos los reyes taifas de al-Ándalus.

El Campeador, adalid de la taifa saraqustí, sería uno de los principales invitados. Esta boda debía consolidar el protectorado que Zaragoza ejercía sobre Valencia desde las conquistas de 1076 del gran Al-Muqtadir. Pero la suerte fue aciaga: el 4 de junio moría el rey valenciano, sucediéndole su hijo Utmán, y a comienzos de 1086 se producía el deceso de Al-Mutamán, el impulsor del matrimonio. Al-Mustaín II fue entronizado como rey de Saraqusta. Por su parte, tras entrar triunfalmente en Toledo el 25 de mayo de 1085, Alfonso VI de León, por medio de la acción de uno de sus mejores capitanes, el sobrino del Cid Álvar Fáñez, colocaba en el trono valenciano al ex rey toledano Al-Qadir y arrebataba a Zaragoza el dominio sobre Valencia.

En la primavera de 1086 el mismo Alfonso VI sitiaba Zaragoza con la intención de cobrarle parias al rey Al-Mustaín II. El asedio se prolongaba en el verano de este año. La situación empezaba a ser preocupante: si también la Ciudad Blanca caía, Alfonso VI enseñorearía por completo las tierras de España. Y aquí viene el gran interrogante ¿qué hizo Rodrigo? No consta ninguna acción suya en este delicado trance. Debería disponerse a defender Saraqusta, pero no hay ni rastro de su proceder. La tensión se resolvió finalmente debido a que el rey taifa de Sevilla, Al-Mutamid, se decidió al fin, tras la decisiva pérdida de Toledo, a solicitar el auxilio de los nuevos defensores de la ortodoxia islámica: los almorávides, que, cruzando el estrecho, avanzaron hacia el norte a través de la Taifa de Badajoz. Alfonso VI se apresuró a interceptar a los africanos en Sagrajas, siendo estrepitosamente derrotado.

La posición del Cid en Zaragoza era incómoda. Muchos zaragozanos, enfervorizados por la llegada al rescate de al-Ándalus de la nueva ŷihād almoravid, albergarían muchos recelos ante la jefatura del castellano en el ejército musulmán. Por otro lado, y tras la reconciliación de Rodrigo Díaz con Alfonso VI a raíz de la catástrofe de Rueda de Jalón, ya referida en un capítulo anterior de esta serie, el rey castellanoleonés pudo haber hecho al Campeador una oferta irrechazable, porque necesitaba a un líder de valía en su ejército, ahora que se enfrentaba a tan temible enemigo en la figura del emir Yusuf ibn Tasufín. En efecto, tras nueve meses al servicio del rey Al-Mustaín II, Rodrigo recibía de Alfonso VI las tenencias u honores detraídas en 1081, y quizá algunas más: se le restituían o concedían los alfoces de Iguña (en la cuenca del Besaya), Ibia, Langa de Duero, Dueñas, Ordejón, Briviesca...

Lo cierto es que entre el 18 de diciembre de 1086 y el fin de ese año el Cid se encuentra en Toledo con Alfonso VI de León y de Castilla, y regresa a su estatus de magnate en la corte leonesa. Rodrigo Díaz el Campeador despedía así cinco años largos de paladín de los reyes musulmanes zaragocíes.

viernes, 28 de mayo de 2010

El Cid falsificado VI: la victoria de Morella

El año 1083 Sancho Ramírez de Aragón hostigaba la frontera del Reino taifa de Zaragoza. En febrero tomaba Ayerbe y Agüero, amenazando peligrosamente la ciudad de Huesca. En abril, se rendía Graus, cuyos muros habían contemplado hacía veinte años la muerte de su padre, Ramiro I, iniciador de la dinastía regia aragonesa. Al-Mutamán contraatacó ordenando al Cid emprender una aceifa de castigo dirigida desde la fortaleza de Monzón.

Sin embargo, la pujanza del Reino de Aragón seguía ampliando sus fronteras al sur. En 1084 caía Arguedas, que solo distaba catorce kilómetros de la populosa Tudela, y Secastilla, estrechando así el cerco cinco kilómetros más al oeste de Graus.

En tanto el Cid tenía otra misión: fortificar el castillo de Olocau del Rey, en pleno distrito de Tortosa, desde cuya base de operaciones lanzaba algaras constantes contra Morella que llegaban hasta las puertas mismas de la ciudad asolando campos y saqueando bienes. Todas estas tierras pertenecían al rey Al-Mundir al-Hayib de Lérida, que seguía en guerra contra su hermano, el rey de Zaragoza. Al-Mundir decide entonces entrevistarse con Sancho Ramírez para, coaligados, combatir la hueste de Rodrigo Díaz.

Llegan a los puertos del Maestrazgo y, en este abrupto terreno, el Campeador les vence con claridad en la batalla de Morella el 14 de agosto de 1084. Tan aplastante es la victoria que persiguió la desbandada enemiga logrando capturar un número importantísimo de nobles aragoneses, navarros, leoneses, gallegos, portugueses y castellanos, lo que muestra que había muchos más magnates que se veían sirviendo a señores ajenos a los de su reino natural. Entre los prisioneros se contaban el obispo de la diócesis ribagorzana de Roda Ramón Dalmacio, el conde Sancho Sánchez de Pamplona (nieto por línea bastarda del rey de Pamplona García III el de Nájera), su sobrino Laín Pérez, el mayordomo del rey de Aragón Blasco Garcés, los tenentes aragoneses Pepino Aznar (cortesano del rey de Aragón y señor de Alquézar), su hermano García Aznar, Íñigo Sánchez (señor de Monclús), Simón García (de Buil), Calvet de Sobrarbe, Fortún García, Sancho García de Alquézar, el conde Nuño de Portugal, Anaya Suárez de Galicia, Gudesteo González, Nuño Suárez de León, García Díaz de Castilla...

El botín debió ser fabuloso, y las fortunas cobradas por el rescate de estos ricoshombres cristianos, extraordinarias. El Cid había cobrado fama y prestigio tal que el rey de Zaragoza, acompañado de su familia, del príncipe heredero Ahmed ibn Mutamán al-Musta'in y de numerosos saraqustíes, salieron a recibir la venida del Campeador veinticinco kilómetros ribera abajo del Ebro, en Fuentes de Ebro, donde fue jaleado gozosamente por sus logros.

viernes, 21 de mayo de 2010

El Cid falsificado V: al servicio de Al-Mutamán

Tras quedar el Cid al servicio de los reyes musulmanes de Saraqusta y obtener para Al-Mutamán la victoria de Almenar sobre su hermano, monarca de la Taifa de Larida, en la que el castellano tuvo gran parte de responsabilidad, Rodrigo (como dijimos) fue vitoreado a su vuelta a Zaragoza en un desfile en el que Berenguer Ramón II de Barcelona sería exhibido como valioso botín. Pronto el Cid sería la principal baza defensiva del reino islámico zaragozano. En 1082, una vez finalizada esta campaña que había asegurado la frontera oriental (fortificadas Monzón, Tamarite de Litera, Escarpe y Almenar), pasa el Campeador a reforzar las defensas de Tudela, por entonces una de las ciudades más importantes de la Taifa de Zaragoza.

Es allí donde le sorprende la noticia de que su anterior señor, el rey de León Alfonso VI, ha estado a punto de perecer no muy lejos, en el valle del Jalón, en una emboscada planeada por el alcaide del inexpugnable castillo de Rueda, refugio y prisión tradicional de los derrotados de las dinastías reales zaragozanas tuyibíes y, ahora, hudíes. Varios grandes magnates de Castilla, León, y Navarra habían perecido en una trampa.

Rápidamente se dirige el Cid al encuentro de su antiguo rey (que no su señor natural, como repite el Cantar, pues el concepto de rey natural es propio del siglo XIII, y no del XI) para informarse sobre el asunto. El alcaide de Rueda Al-Bufalaq había sido convencido por el destronado tío de Al-Mutamán, Al-Muzzafar de Lérida —que desde que fue desposeído de su reino por su hermano Al-Muqtadir penaba encarcelado en Rueda—, de que podrían obtener la ayuda de Alfonso VI de León a cambio de cederle la mítica fortaleza del Jalón. Con la ayuda del ejército del emperador leonés, Al-Muzzafar recuperaría un reino en Zaragoza, y el alcaide de Rueda podría ser su valí u otro cargo de primer orden. Convencido Alfonso VI, se interna en la Taifa de Saraqusta, pero en ese momento muere el viejo ex monarca de Lérida, y Al-Bufalaq cambia el plan, tendiendo una celada al rey de León y de Castilla, posiblemente con la esperanza de ofrecer a Al-Mutamán la cabeza de uno de los más poderosos enemigos de Zaragoza.

Invitado Alfonso a su castillo, el 6 de enero de 1083 haría pasar a la hueste leonesa por las empinadas y angostas rampas que conducían a la puerta del Palacio, para después cerrar rápidamente el portón de entrada tras sus espaldas y arrojarles desde las almenas todo tipo de armas mortales. Sin embargo, Alfonso VI, cautamente, envió delante a una parte de su mesnada, y quedó rezagado. La precaución salvó al rey leonés, pero no a la vanguardia de sus hombres: allí cayeron los primos del rey, nietos de Sancho III el Grande e infantes de Pamplona, Ramiro y Sancho, padre de Ramiro Sánchez, que casaría hacia 1098 con Cristina Díaz, una de las dos hijas del Cid; también falleció el conde castellano Gonzalo Salvadórez, gobernador de La Bureba; los riojanos Nuño Téllez y Vela Téllez; el señor leonés Vermudo Gutiérrez... La ambición de Alfonso VI de conquistar una infranqueable fortaleza en el corazón de la Taifa de Zaragoza había acabado en catástrofe.

Cuando llegó el Cid a Rueda, todo había acabado. Se habían dispuesto los enterramientos. Gonzalo Salvadórez, también previsor, había hecho testamento pocos meses antes y en él se ordenaba su sepultura en el monasterio de San Salvador de Oña (provincia de Burgos); los restos de uno de los infantes navarros, Sancho, que habría sido el futuro suegro del Campeador, fueron trasladados a la abadía de Santa María de Nájera, entonces la capital de La Rioja y territorio pamplonés, para descansar junto a los restos de su padre.

Rodrigo Díaz debió de acudir a Rueda para defenderla, pero enterado de todas las circunstancias sin duda acompañaría en este trance a Alfonso VI, y consta que lo escoltó hasta la frontera del Reino de Zaragoza. En esas conversaciones es muy probable que el rey de León levantara el destierro al aristócrata castellano, pero no lo podemos saber a ciencia cierta. Lo que sí está claro es que, de habérsele ofrecido volver a Castilla, no lo aceptó el Cid. Regresó con su mesnada para seguir desempeñando el caudillaje de las tropas islámicas de la Saraqusta de Al-Mutamán.

jueves, 13 de mayo de 2010

El Cid falsificado IV: en la Taifa de Zaragoza

Palacio de la Aljafería
Caído Rodrigo Díaz en la malquerencia de Alfonso VI, el verano de 1081 parte al destierro acompañado de algunas decenas de sus caballeros. La saña real no tenía por qué llevar aparejada la pérdida de las posesiones en bienes muebles ni raíces (sus solares y casas patrimoniales), extremo que solo se daba en el siglo XI para castigar traiciones graves al monarca, ni tampoco los hombres a su servicio; aunque sí perdía con el destierro, lógicamente, las «honores» o tenencias encomendadas en usufructo por concesión real, lo que confirma el que levantado el castigo, se le otorgue de nuevo una extensa red de poblaciones y castillos para su gobierno y provecho. Así pues, esta imagen de Manuel Machado («Castilla», Alma, 1902) bien podría describir el escenario de su expatriación:
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga.
Pero no tanto la que aparece en el Cantar de mio Cid, donde se dibuja al héroe llorando silenciosamente al contemplar, mirando atrás, sus casas expropiadas, las puertas sin candados abiertas de sus palacios (pues ha sido deposeído y nada se debe vedar a la inspección regia), los valiosos azores de caza adultos ausentes de las perchas donde solían posar, alcándaras ya sin siquiera las ricas vestimentas que en ellas colgaron. Tampoco debió encontrar posadas cerradas para él y los suyos, ni gentes atemorizadas por prohibición real expresa de ayudar al Cid alguna, ni esa dulce niña de nueve años que a su vista se apresta para decirle (vv. 41-49):

- ¡Ya Campeador, en buen hora çinxiestes espada!
El rey lo ha vedado, anoch d’él entró su carta
con gran recabdo et fuertemientre sellada.
Non vos osariemos abrir nin coger por nada,

si non, perderiemos los haberes y las casas

e demás los ojos de las caras.

Çid, en nuestro mal vos non ganades nada,

¡mas el Criador vos vala con todas sus vertudes sanctas!
¡Ah, Campeador, en hora buena ceñisteis la espada!
El rey lo ha prohibido, anoche llegó su carta,
con grandes medidas de seguridad y autentificada.
No os osaríamos abrir ni acoger por nada,
si no, perderíamos los haberes y las casas.
y además, los ojos de las caras
Cid, en nuestro mal, vos no ganáis nada,
¡mas Dios os valga, con todas sus virtudes santas!
Es muy probable que la realidad histórica fuera opuesta a esta situación. El caballero desterrado, a juzgar por las costumbres legales de la época, debía ser ayudado por la población, alimentando a su mesnada, algo consustancial al privilegiado estamento militar. Se garantizaría su protección hasta que abandonara el reino y se daría un plazo prudencial para hacerlo. Solo en casos de alta traición o reincidencia en graves delitos el rey ordenaría condiciones más vejatorias para el noble desterrado. A partir del siglo XIII las leyes (Fuero Viejo de Castilla y Las Partidas) sí registrarán mayor dureza en el castigo para quien sufra la ira regia. Es, pues, un status quo que ya se observa en el Cantar, pero que no tiene por qué reflejar el mundo del Rodrigo Díaz histórico.
Una vez rechazado por los condes de Barcelona, Rodrigo se dirige a la Taifa de Zaragoza donde es agasajado por el poderoso Al-Muqtadir Bilá, conquistador de Denia y sojuzgador de Valencia y constructor de La Aljafería, cuyas lujosas salas sin duda el noble castellano llegará a conocer bien. El Campeador se presentaba con la aureola de excelente guerrero para dirigir el ejército zaragozano. Pero al poco de ponerse al servicio del más grande de los reyes hudíes de Saraqusta, Al-Muqtadir perdió sus facultades y hubo de ser sucedido por sus hijos, pues había testado el reparto de su reino. A Al-Mutamán, gran matemático descubridor del teorema de Ceva (en su Libro de la perfección y de las apariciones ópticas), correspondió Zaragoza; su hermano Al-Mundir al-Hayib Imad al-Dawla recibió Lérida, Tortosa y Denia. Inmediatamente se produjo el enfrentamiento fratricida con el que ambos hermanos trataban de unificar el reino de su padre Al-Muqtadir, y Al-Mutamán contó para esta guerra con los servicios de Rodrigo Díaz. En 1082 el belicoso rey leridano se alió con el rey de Aragón, Sancho Ramírez, y con el conde de Barcelona, Berenguer Ramón II el Fratricida, mientras su hermano Ramón Berenguer II Cap d'Estopes -Cabeza de Estopa- quedaba al cuidado de los dominios de ambos en Barcelona. Tras una serie de escaramuzas en la comarca de La Litera, se entabló la batalla de Almenar en la que Rodrigo Díaz derrotó a la coalición enemiga obteniendo una victoria decisiva ante un ejército que le aventajaba en número, y capturando al mismísimo conde de Barcelona, por cuyo rescate de seguro cobraría un importante monto. Rodrigo fue recibido por los saraqustíes con grandes honores, y quizá jaleado a la voz de sīdī (en dialecto hispanoárabe 'mi señor'), que en lengua romance daría «mio Cid». El prestigio que le proporcionó esta gran victoria lo convertiría en el jefe militar del ejército zaragozano, función que desempeñará hasta abandonar la taifa de Saraqusta en 1086. --------------- P. D. No me resisto a adjuntar el magnífico poema de Manuel Machado completo, que considero uno de los mejores de toda su obra:
CASTILLA
El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos,
—polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo...
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas, el postigo
va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca,
en el umbral. Es toda
ojos azules; y en los ojos, lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
«¡Buen Cid! Pasad... El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
En nuestro mal, ioh Cid!, no ganáis nada».
Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.
Manuel Machado, Alma, 1902